VIDA Y ESTILO

Fu Hao

By marzo 1, 2021 No Comments
Foto de Es.dreamstime. com.

Good omens wills appear when a country is soon to flourish.
-The Doctrine of the Mean-
Los presagios aparecerán cuando un país este listo para florecer.
-La Doctrina del Miedo-

Es difícil poner en palabras como un mundo acotado a un pensamiento racional, nos limita tanto. A mí me costó romper la coraza desde muy niña, desaprendiendo el adiestramiento al que fui sometida; “las cosas no pueden ser y ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Una idea de Aristóteles que acuñó después un principio llamado de no contradicción. Una forma de percibir el mundo, que limita la perspectiva, aplasta otras posibilidades y que genera una jaula donde la mente se aprisiona.

 

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Viví en Managua con apenas cinco años y la tierra me abrazó enseñándome que existe la posibilidad de que aquello que veo siento y toco tiene más de una interpretación. Que más allá de mi percepción existe una realidad paralela, donde el mundo de Alicia en el país de la maravilla tiene cabida. Así fue como aprendí a volar, a levantar mis pies del suelo y sentir que tengo la libertad de pensar lo que me da la gana, sin rendirle cuentas a nadie. Qué los árboles lloran de morado cuando están plagados y que el río junto a mi casa hablaba con olores de flores en primavera.

Para estar en paz con esta forma de contemplar el mundo, tuve que rendirme a que otros lo entendieran y decidí encerrarlo dentro mío. A pesar de mis intentos de sacudirlo de alguna manera, para encajar en mi entorno, esto era más grande que yo y no había nada que hacer. Mejor decidí aprender a dominarlo a callarlo para que no me tildaran de loca y así aprendí a usarlo.

 

 

Hoy sé, que si le quito la magia de lo que me sucede, hay una explicación científica para ello, pero eso lo contaré en otro momento, pues me gusta más la parte que alberga la alquimia y el mundo desconocido. Así fue como un día empezaron a aparecer personajes, lugares que se me aparecen en sueños, facilitandome con gran rapidez material para tejer las historias que escribo. Y no, no es esquizofrenia como algunos podrían pensar.

Y a qué va todo esto; hace unos días mirando por la ventana de mi cuarto hacia el jardín, aparecieron otra vez dos colibríes, pues durante el invierno dejan de venir y comencé a contemplarlos sin pensar en nada y de pronto la vi. Vestida con unas mantas de algodón y un pectoral de cuero, pequeñita, de rasgos orientales acompañada de una guadaña con un hacha labrada al final. Ya no me asusto, ya sé que cuando esto pasa solo hay que dejar sentir el pulso de mi corazón y seguirlo. Así que me levanté de mi cama, abrí la puerta y salí a saludarla. No hablaba mi idioma, me cuesta entrar con un recurso que uso mucho que es el de la empatía, y de pronto al ver que ella solo me miraba fijo, ya sé porque es. Nos separan más de tres mil doscientos años. Y justo cuando entro en la posibilidad de rendirme y no interpretar, dejo esta realidad y aparezco en una parte del mundo en la que nunca he estado.

La tierra es de estepas montañosas que surcan el cielo y lo primero que noto es un silencio extraño. Mis oídos están contaminados por vivir en una de las ciudades más grandes del mundo, así que tardo en adaptarme a no escuchar ruido. El viento es de un aire transparente que inunda mis pulmones, el ritmo de mi piel se va a adaptando poco a poco. Traigo una trenza larga de negro azabache, mi piel tiene un tono amarilloso. Debo tener unos veinte años y eso me hace sentir ligera, dejo de pensar en mis huesos, un detalle que apareció pasando los cincuenta y que ahora me doy cuenta como a esa edad, daba por hecho que el cuerpo siempre sería joven y no lo agradecí.

 

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Son tiempos del emperador Wu Ding (1250-1192 a.C.), de la mítica dinastía Shang. Y quien vino por mi hoy es Fu Hao suma sacerdotisa en ritos de adivinación y la esposa favorita del emperador. De pronto la veo y con la mirada me pide que la siga.

Esta vez algo extraño pasa. Me da la impresión de que nadie nos ve, somos un par de fantasmas, más energía que carne, nos vemos a destiempo de lo que pasa. Me doy cuenta de que nosotras vamos rápido y quienes están a nuestro alrededor van más lento. Llegamos a una planicie donde están realizando un rito funerario.

Sin que nadie nos note, nos vamos acercando. Estamos en el borde del cementerio real de la capital Xinxu.

Sobre una cama de madera está un cuerpo vestido con ropas bordadas. El rostro de porcelana me tomó de sorpresa, es ella misma, tiene apenas treinta y tres años. Es su propio funeral y junto al cuerpo está de pie un hombre corpulento que tiene la mirada llena de dolor, se ve devastado; es su esposo. En la procesión van las otras sesenta esposas, una por cada aldea cercana a su reino, van los pequeños hijos todos ataviados con sus mejores galas. El emperador lleva de la mano a uno de ellos, el único hijo que tuvo con la favorita de todas sus mujeres.

La procesión lleva al cuerpo al interior de un recinto que está excavado a unos seis metros de profundidad, es un complejo ajuar funerario. En el que se colocan cuerpos de algunas mujeres hombres y niños, un total de dieciséis. Todos sacrificados en honor a su reina pues eran la corte de sus sirvientes. Hay unos dos mil objetos; los hay de jade, y hueso. Hay flechas y veinte arcos, objetos de bronce, objetos de piedra y cerámica. Veo objetos de marfil tallado, y cientos de conchas usadas como monedas en esta dinastía. Hay una pieza que es una ave fénix labrada en jade y está desprende la delicadeza de una mujer refinada. Pero lo que más me llama la atención es una olla con veinte mil huesos oraculares.

Estoy realmente impresionada, es el equivalente chino de la tumba de Tutankamón. Nunca había leído sobre este lugar, aunque fue descubierto en 1976 y en China se le dio gran difusión.

Pero volvamos a los huesos, en cada uno hay una pregunta, algo importante que saber, el emperador necesita respuestas de los dioses sobre su mujer. “¿Si sacrifico 20 vacas como tributo, serán de su agrado?, las recibirá con gusto?” “Tiene una gripa, ¿mejorará?” “Fu Hao debería reunir soldados antes de un ataque?”; En otro se informaba que el rey había reunido soldados para la campaña contra la tribu Tu. “Podrá sobrevivir al parto?”

Inscrito está que el rey después de su muerte hizo muchos sacrificios allí, con la esperanza de la asistencia espiritual de su mujer desde el otro mundo, para poder derrotar a los atacantes Gong, que amenazaban con destruir a los Shang.

Cada hueso es un hilo conductor con lo divino una forma de poder asimilar la vida, seguros de que hay un mundo sobrenatural que nos cuida y protege.

Cada pregunta se labraba sobre un hueso, este luego era quemado y la lectura se hacía sobre las cracs que se hacían sobre el hueso.

Mientras voy observando con gran curiosidad el ritual mortuorio, Fu Hao me dice:“¿sabes? Llegué a comandar un ejército de más de 13.000 hombres, un ejército que fue el mayor de China en su época. Combatí contra los bárbaros del otro lado de la frontera y derrote a los Jiang, los principales enemigos de mi esposo. Luché contra los Tu y los Yi, a los que vencí. Y mi victoria ante la tribu de los Ba, me gano el respeto de todos a cientos de kilómetros a la redonda. Destaque como una guerrera con un ejemplo de estrategia y de disciplina como ningún general de mi época.”

Miró mi rostro confundido y agregó: “Mi tiempo fue entintado con una sociedad basada en la guerra y fui quien permitió que la dinastía Shing, llegara a su cenit, pero sobre todo participe de la vida real en lo que habitualmente no participan las mujeres y célebre cientos de ceremonias rituales mientras dirigía la actividad militar. Mi existencia marcó una época dorada de la civilización china, que duró más de quinientos años.”

Fu Hao me hizo saber que era momento de regresar, ella se quedaría ahí y yo hundiría mis dedos en el teclado durante varios días tratando de plasmar a una mujer que fue dura como el bronce y suave como el jade, que se sentía igual de cómoda con vestidos bordados o con una armadura.

Por DZ

Claudia Gómez

Twitter: @claudia56044195   

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